Perros

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Desde que yo recuerdo me gustan los perros. No sé bien por qué me gustan, y no todos me producen el mismo agrado. Me gustan los que son grandes, suaves y tienen caras tiernas, ojos tiernos, expresiones como si quisieran decir algo.

De niña tuve un perro, se llamaba Oso. Yo tenía como 11 años. Duró pocos meses viviendo en casa.
Ahora tengo otro, tmb se llama Oso.

En China vi muchos perros. Creo que está de moda entre los chinos tener perro. Entre los chinos que tienen dinero. Y también hay perros callejeros, aunque muy pocos.

Desde que era niña, no puedo resistir la tentación de tocar un perro que me gusta. En Beijing le pedí a un amigo chino que me enseñara cómo decir en mandarín “¿lo puedo tocar?” y se dice “ke i muo ma?” Y lo dije muchas veces, con muy buenos resultados.

Los perros que vi en China que más me gustaron son los que les llaman chow chow, aunque en chino no se les llama así, en chino se llama sōngshī quǎn, que significa “perro león suave” y sí es muy suave. Investigué que esa raza de perro es una de las más antiguas y que convive con el ser humano desde hace, por lo menos, 2 mil años.

En algún lado leí que los usaban, hace mucho, como perros guardianes. Si yo hubiera sido un ladrón de antaño, conmigo no funcionaría, porque lejos de ahuyentarme, me acercaría a acariciarlo. Me parecieron tan amigables.

Pero los chow chow no son los únicos perros que tienen los chinos. Allá les gustan los perros suaves y peludos, que parezcan como de peluche. Entonces los chihuahueños no son muy populares. Los que sí se ven en demasía son los french poodle color café. Algunos dueños hasta les ponen zapatitos.

Uno de los encuentros más bonitos que tuve con un perro fue una noche de verano, ya cambiando al otoño, cuando fui a cenar con mis amigas Stephie, de Alemania y Fisun, de Turquia. Fuimos a un restaurante muy mono en Wudaoing hutong. Y como era verano, de noche no hacía frìo y caminamos rumbo al metro, pero pasamos por otros hutongs. Cerca de uno que se llama Fangjia había una familia de chinos que decidieron sacar sillas a la calle para sentarse y tomar el fresco en plena noche (en verano, en Beijing, los días son insoportablemente calurosos). Con ellos estaba su perro, un viejo pastor inglés hermosísimo. Me encanta esa raza porque son grandotes y peludos, ni siquiera se les ven los ojos. Y les pedí si lo podía tocar, me dijeron que sí, y le pedí pata y me la dio!!! adoro cuando un perro hace eso.

En China comen perro. A mi nunca me tocó ver eso, porque en Beijing no se acostumbra, es más bien una costumbre del sur. Un amigo que vivió en Anhui me dijo que él sí comió perro y que hay granjas que los crían para que los compren los restaurantes. Y me dijo que hay restaurantes muy chiquitos que lo que hacen es poner carne con veneno para que los perros callejeros se acerquen y luego mueren y ellos venden la carne. Esto a él se lo dijeron sus amigos chinos de Anhui y le dijeron que tuviera cuidado de no comer perro en restaurantes pequeños y sucios.

En la radio le pedí a una colega china que hiciéramos un programa de radio sobre ese tema, pero no quiso, dijo que eso de que los chinos comen perro es cada vez menos frecuente y que no quería que en el extranjero (que es donde se transmiten los programas) tuvieran una idea de que los chinos son salvajes.

Ayer, mientras revisaba fotos de agenica, en mi trabajo en el periódico, me encontré con muchas que mostraban las peleas de perros en Pakistán y en Afganistán.

Yo no sé qué pensar de todo eso, de que en China coman perro y de que en esos otros países los usen para pelear y apostar y distraerse y ganar dinero. En verdad no lo sé. Creo que es muy fácil decir que es una crueldad y una salvajada, (y estoy de acuerdo con eso) pero creo que no hay que perder de vista que son seres humanos los que están haciendo esas cosas salvajes, ¿qué terribles deben ser sus vidas para hacer cosas como esas? Son otros mundos que ni estoy ni cerca de poder comprender.

Yo miro las fotos, escucho los relatos y escribo esto. Nada más.

Mercado

Ayer fui al mercado y me compré una jícama. La jícama es una fruta que sólo he visto en México (y en realidad no sé si es una fruta; es una raíz, entonces ¿es un tuberculo? habrá que preguntarle a Wikipedia).
Mi mamá dice que mi abuelito las cultivaba y que sabía distinguir entre jícama de leche y jícama de agua. Mi conocimiento no llega a tanto. Me limito a disfrutarlas desde que las veo hasta que las como.
En Beijing no hay jícamas.
La compré para comérmela con limón y chile, porque así se come la jícama en México.
En Beijing tampoco hay limones. No en abundancia, como en México. Hay de esos limones amarillos y grandes, pero son costosos. Y los otros, los chiquitos, los veredes, que la gente llama limón agrio, esos son aún más escasos y más caros.
Esos limones, acá en México, se cultivan en el estado de Colima.
En el mercado de Beijing hay tofu. En México no.
En los mercados de los dos países hay elotes, lechugas, apio, zanahorias, papas, jitomates (los de Beijing son más bonitos), calabazas (las de Beijing son enormes), brócoli, cebollas, ajos, manzanas, papayas (las de México son más grandes), pepinos (los de México me gustan más) y un montón de cosas más, en los dos.
En el de Beijing venden las ranas vivas, para cocinarlas. En los mercados que he visto en México no venden ranas vivas.
 
Mi amiga Futhi, que es de Sudáfrica, cuando vino a México se sorprendió gratamente con la jícama. No la conocía.
Cuando estuve en China, yo traté de describirla para mis amigos extranjeros en inglés, pero no supieron de qué hablaba (tmb tengo que averiguar cómo se dice jícama en inglés).
En los mercados de Beijing no hay nopales, no hay peneques, no hay huitlacoche, no hay huauzontles. Pero a cambio tienen tofu, bandejas llenas de tofu de distintos tipos, ranas vivas y gengibre por montones, enormes gengibres de formas caprichosas que parecen muñequitos de tela.
 
A mi me gustan los mercados, de cualquier lugar. El mercado de Cardiff es sobrio y ordenado, como los británicos (los británicos creen que el tamarindo sólo existe en India) (y tamarindo en inglés se dice “tamarind”) (pero jícama no se dice “jicam”). El mercado de Bilbao está lleno de pescados, ahí vi el pescado más horroroso que he visto en mi vida, se llama rape, es feísimo, gordo, con una cabeza desproporcionada y una boca enorme llena de dientecitos. Parece un monstruo.
El mercado de Chichicastenango, en Guatemala, es todo lleno de colores, venden un chilito chiquitito que se llama chiltepe y pica muchísimo.
 
Sé elegir la fruta. Nadie me enseñó. De tanto acompañar a mi mamá, aprendí. Porque las personas somos un compendio de nuestros antepasados. Y no sabemos que sabemos todo lo que sabemos hasta que lo ponemos en práctica. Creo.
 
En Beijing hay piña, piña se dice boluo en mandarín, es dulce. Pero no tan dulce como la que probé en Tahití, en la Polinesia Francesa. Allá las piñas son chiquititas y súper dulces, parecen de miel. Y se comen como postre con leche de coco.
 
En Beijing y en México hay cocos. Y la jícama, ya picada, se ve como el coco. Pero la jícama es pura agua. Y no es tan dura como el coco. Es fresca.
 
En Tailandia los postres son pura fruta. A la hora del postre, la variedad siempre es de fruta. No son pasteles, ni gelatinas, ni flanes, ni nada de esas cosas preparadas. El postre es la fruta sola: sandía, melón, fruta de dragón, mango. El mango se come con arroz glutinoso.
 
En Beijing también hay arroz glutinoso. En México no. Aunque a mi mamá a veces le queda como si fuera glutinoso, pero eso no cuenta.
 
En Beijing volví a ver una fruta muy hermosa. La ví por primera vez hace mucho tiempo, en Rusia, en San Petersburgo. Y luego jamás la volví a encontrar, hasta llegué a pensar que la había soñado o imaginado. Pero no, porque en Beijing la vi. También la vi en Perú, y en Perú me dijeron que allá le llaman aguaymanto. Es como un tomate, pero anaranjado, chiquito, con cáscara como la del tomate verde, pero es dulce. En San Petersburgo venía hasta arríba de una rebanada de pastel de manzana.
En Perú lo comí solito. Y en Beijing vi que lo vendían en la calle, como fruta, por medio kilo.
 
En Beijing no hay tomate verde. En México al tomate verde le decimos así, tomate. Y al rojo, jitomate. El tomate verde lo he visto sólo en México. Se usa para la salsa, salsa verde. También para el mole verde. Y las enchiladas verdes. Me parece que va en casi todo lo verde.
 
Me gustan mucho los mercados.

Es lo mismo pero no es igual

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Bicycles in Beijing

Una bici es una bici aquí y en China, pero las condiciones no son las mismas.
Mi relación con la bici es muy joven, pues apenas aprendí a andar en ella el año pasado, ayudada por múltiples amigos y vecinos de CRI, hasta que mi querido amigo español Vicente Tronchoni soltó la bici sin que yo me diera cuenta y una buena tarde de mayo ya estaba yo pedaleando de lo lindo sin ayuda.
Amo andar en bici, es el balance perfecto entre no ir tan rápido con en un carro ni tan lento como caminando y se siente el viento en la cara y el sol. Es una de las actividades que más disfruto y que en Beijing practiqué lo más que pude.
Por causas de fuerza mayor tuve que dejar a mi bici en Beijing, lo cual me dolió tremendamente, pero tmb estoy tratando de no ser tan apegada a lo material, y además me consolé diciéndome que voy a regresar a Beijing y que allí estará ella para esperarme y blablablabla.
Acá en México no tengo bici, y el fin de semana pasado me tocó ir a un parque hermoso llamado Xochitla, para hacer un reportaje. Dentro de parque rentamos una bici (iba con mi amiga Aggi, la fotógrafa) y me sentí nuevamente feliz de pedalear bajo el sol.
Y entonces decidí comprarme una bici.
Comencé la búsqueda en internet, y me encontré con que además de las clásicas Benotto, que tienen copado el mercado mexicano, hay marcas mexicanas, como Turbo o Mercurio. En particular me gustó una bici de marca Turbo, hermosa.
Escribí un mensaje electrónico preguntándo el precio y me contestaron de inmediato para decirme que las bicis como la que me gustó cuestan 3 mil 800 pesos y que están de venta en El Palacio de Hierro.
Todo eso, aunado a las diferencias que saltan a la vista, me puso a pensar que en México la bici es una moda. La mayoría de la gente la usa por moda, no como medio de transporte, no por conciencia ecológica.
Si no es moda, ¿alguien me puede explicar por qué en la colonia Condesa están la mayor cantidad de estaciones del programa Ecobici? ¿Por qué no Mixcoac, por qué no la Colonia del Valle, por qué no la Colonia Obrera?
Y si es medio de transporte, ¿por qué la inmensa mayoría de las calles de la Ciudad de México no tiene un carril para bicicletas?
 
En Beijing la bicicleta es un medio de transporte. No me pareció que los chinos que habitan en Beijing tuvieran mucha conciencia ecológica, pero usan la bici para transportarse. Es así y las autoridades lo saben, tanto que afuera de las estaciones de metro hay estacionamientos para bici súper baratos, donde la gente deja su bici, luego toma el metro, llega a su trabajo y hacen la misma operación cuando van de regreso a casa, pero a la inversa.
Hay infinidad de talleres de bicicletas por todos lados, en las calles pequeñas, en las avenidas, en los hutongs. Las mujeres llevan a sus niños en sillitas que se adaptan a la parte de atrás de la bici, se transportan las cargas, las compras, el mandado.
Cada vez que me tocaba ir al mercado, lo hacía en bici (y aquí entre nos, es de lo que más extraño), porque afuera del mercado hay un estacionamiento para bicis, donde cada persona puede dejar su bici con cadena y luego recogerla. ¿Existe algo así en México?
 
Y las bicicletas en Beijing son baratas. Claro que hay de todo, hay las costosísimas, de montaña, de carreras, con no sé cuántas velocidades, súper ligeras, de cuerpo de titanio y no sé qué tantas cosas. Pero una bici para transporte se puede conseguir desde 600 pesos.
 
Entiendo que las condiciones del mercado son diferentes. Entiendo las diferencias. Me doy cuenta con un poquito de tristeza que en la Ciudad de México estamos a años luz de que la bicicleta sea un medio de transporte.
 
Y al tiempo que termino de escribir esto me doy cuenta de que no sólo extraño mi bici, extraño pedalear en Beijing. Le voy a dar su oportunidad a la Ciudad de México y luego les cuento cómo me fue.

Lugares para comer: las sopitas malatan

Uno de mis lugares favoritos para comer barato en Beijing es el local de sopas malatan que está en Plaza Wanda, cerca de donde vivo, en el barrio de Babaoshan.

La sopa malatan es típica de Sichuan, una provincia que se distingue en lo gastronómico porque sus platillos son muy picantes.

Entonces las sopitas malatan son también picantes. Por eso no las como muy seguido, porque si son fuertes para el estómago, pero son deliciosas. Son de lo más rico que he probado. Acá les comparto tres videos donde se muestra en qué consiste la sopa y cómo se prepara.

El como se come es lo más fácil: con muchas ganas 😀
Sopitas malatan primera parte
Sopitas malatan 2
Sopitas malatan 3

Niñez china

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 Me gustan los niños. Siempre me han gustado. Y yo les gusto a ellos. Siempre me pasa que me hago rápidamente amiga de los niños (últimamente me pasa menos, y no estoy segura de que eso me agrade, tengo que arreglarlo).

Total que en China vi niños hermosísimos, sobre todo me gustaron los bebés, que si bien son lindos en todo el mundo, los chinos tienen un aire sumamente tierno, porque son cachetones, gorditos y con sus ojitos rasgados, se ven lindísimos.

Durante muchos años los chinos prefirieron a los niños por sobre las niñas. Incluso había una frase que decía que cuando un niño llegaba a la familia era “la alegría de jade”, y cuando la que llegaba era una niña, era “la alegría de teja”. Así de marcada era la preferencia.

La mentalidad feudal ha sido muy difícil de erradicar. Tanto que en pleno siglo 21 los médicos tienen estrictamente prohibido revelar a los futurós padres el sexo del bebé, para prevenir que, en caso de que sea una niña, las mujeres decidan abortar.

Otra cosa que afecta a la niñez en China es la política del hijo único. Con una población de mil 300 millones, China no se puede dar el lujo de que la gente decida libremente cuántos hijos quieren tener, así que por ley, deben tener sólo uno.

Sé que esta ley no es muy antigua, pues muchos de mis colegas, nacidos en los años 80, tienen hermanos, y muchos tíos, lo que indica que en la época en que nacieron sus padres, esta ley todavía no se aplicaba.

Y en cuanto a la presencia de hermanos, la regla es así: si el esposo es hijo único y la esposa es hija única, sólo en ese caso tienen permitido tener dos hijos.

Pero, según me contó un extranjero que vivió largo tiempo en una zona rural de China, en la provincia de Anhui, las leyes en la provincia no se cumplen tan estrictamente como en las grandes ciudades, al grado de que las niñas se venden y se dan los casos más extraordinarios de “hermanos gemelos” que son diferentes hasta de edad.

Y entonces como las parejas jóvenes que habitan en las ciudades tienen sólo un hijo y ambos trabajan, pasa otra cosa, que me tocó ver muchísimo, sobre todo en el Parque de las Esculturas, que está frente al edificio de la radio y a los departamentos donde vivía.

Resulta que los abuelos cuidan a los nietos. Yo iba a correr al parque a veces a las 11:30, a veces a las 17:30, e invariablemente estaba lleno de niños pequeños vigilados por sus abuelos.

Mis amigos chinos me contaron que tmb se estila meter a los niños a clases de todo: natación, patinaje, música, aparte de la escuela (la alberca de nuestro edificio, que era pública, siempre estaba llena de niños tomando clases), y como consecuencia, los niños tienen poco tiempo libre.

¿Trabajo infantil? también lo vi, aunque no tan brutal como en México (tal vez está prohibido vender chicles en las calles, en los autobuses y en los vagones de metro), porque también hay mucha pobreza en China, migración campo-ciudad y gente queriendo vivir, algunos honestos, otros no tanto.

Esas son tan sólo algunas de las cosas que yo pude observar relacionadas con los niños en China, hacen falta reportajes exhaustivos, investigaciones, entrevistas, para las que yo estaba imposibilitada por no hablar chino (pero ya estoy corrigiendo eso ;)). La constante fue la belleza de los niños, sus vocecitas de dos, tres o cuatro años, pronunciando perfecto chino, sus risitas, sus cachetes y sus ojitos.

Les comparto unas fotos.

 

No es una pintura china, es la montaña Huangshan

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Los primeros 800 metros de la montaña Huangshan los subimos en autobús. El camino es largo y sinuoso, lleno de curvas y casi ausente de encantos. Angosto.
El chofer del autobús toma las curvas sin miedo, rápido.
Al principio hay mucha neblina, pero conforme avanzamos, ésta se disipa y el paisaje es más claro.
Descendemos del bus en el punto donde debemos tomar el teleférico, que nos llevará otros 800 metros más arriba.
Cada cabina tiene capacidad para 8 personas.
Comenzamos a subir y de súbito nos encontramos frente a paisajes como arrancados de una pintura china, pero mejores, más hermosos, vivos.
Son las rocas capichosas de la montaña Huangshan, grises, redondeadas, puntiagudas, que se amontonan hacia el cielo, salpicadas de pinos jaloneados de ramas verdes y una niebla que se extiende por todos lados. El paisaje es majestuoso.
Nos amontonamos en la pequeña cabina del teleférico para tomar fotos a través de los cristales (las ventanas no se pueden abrir), intentando capturar esa belleza tan inusual, tan perfecta, tan arrobadora. Imposible, avanzamos rápido y dejamos atrás los paisajes de sueño. Más adelante vendrán otros, pero nosotros los queremos todos.
Al bajar del teleférico llega la hora de caminar por senderos designados.
El turismo en Huangshan está bien desarrollado. A lo largo del camino hay indiciaciones en inglés y chino que explican a los viajeros los nombres de árboles y pinos y les indican cuáles son los mejores lugares para tomar fotos.
Nuestro guía se llama David, es chino y habla muy bien inglés. Otra señal de que este sitio si está listo para recibir turistas internacionales.
Contando la de hoy, David ha hecho 525 visitas a la montaña Huangshan en los 8 años que lleva como guía. Ha tenido todo tipo de clima y asegura que hemos tenido mucha suerte, pues el día es despejado y hermoso. Podemos contemplar los paisajes en todo su esplendor.
Huangshan no sólo es una de las montañas más hermosas de China, sino del mundo. Entre los lugareños hay una frase popular: “quién no crea la belleza de Huangshan debe subir a la montaña y comprobarla. Ver para creer”.
En la antigüedad, quienes querían poner en práctica este dicho debían hacer un viaje de tres días para llegar a lo más alto de Huangshan. El primer día estaba marcado por la niebla, el segundo por la lluvia y finalmente, al tercer día, el sol revelaba al viajero los majestuosos paisajes de esta montaña.
Hoy sólo toma 20 minutos en autobús y un maravilloso viaje en teleférico.
Rocas, pinos, nubes y manantiales son los principales elementos que componen el paisaje de Huangshan. En nuestra caminata nos dirigimos a Bei Hai, el mar del norte, un mar de nubes.
Pinos y rocas nos acompañan durante todo el camino, nos asombran, nos maravillan, nos embelesan. Lejos, en el fondo de las cañadas, están los manantiales.
Disparamos aquí y allá con la cámara, pero la foto es incapaz de capturar el aire, el olor a pino, el lento movimiento de la neblina. Somos afortunados de estar aquí.

Setenta años de CRI

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 Todo empezó alrededor de las 9:00 de la mañana del martes 29 de noviembre… bueno, no, empezó antes.
Empezó un día de octubre cuando una dulcísima colega china llamada Viva me dijo: “la jefa decidió que tu vas a cantar en la ceremonia de 70 años de CRI”.
Los que me conocen saben que yo no canto. Saben que cuando voy al karaoke lo hago por pura diversión, para divertirme y hacer reír a mis amigos, pero de ahí a cantar en una ceremonia, dista mucho.
Saben tmb como me molesta que alguien más tome decisiones así por mi sin consultarme. Pero esto es China, y los chinos están acostumbrados a obedecer sin chistar.
¿Y qué ceremonia es esa donde querían que yo participara? Resulta que este año, Radio Internacional de China cumple 70 años de existir. Es 10 años más vieja que la República Popular de China, es toda una institución, y entonces se estaba organizando un magno evento para celebrar dignamente el acontecimiento. Se contrató un director profesional de espectáculos, que venía directamente de CCTV, que acá es como decir que contrataron a Luis de Llano de Televisa (…sin comentarios…) y nos eligieron a varios extranjeros para participar en la famosa gala.
Cuando se trata de participar en cosas de la radio que muestren al mundo la presencia de extranjeros entre sus filas, yo nunca me había preocupado, mi rostro lo suficientemente asiático no es precisamente lo que a los chinos les gusta presumir. Ellos van tras rostros que se note que no son de acá, a saber, blancos bien blancos, rubios, narices rectas, ojos verdes o azules, o, en su defecto, gente de raza negra.
Los chinos siempre creen que soy de Tibet o de Xinjiang. Well done for me.
Pero esta vez no me funcionó. Así que Viva me llevó a “audicionar” frente al director de CCTV, como si yo voluntariamente hubiera pedido que me incluyeran en el espectáculo.
El director me preguntó: “¿sabes cantar?”
C: no
Dir: ¿sabes bailar?
C: no.
Dir: ¿qué quieres hacer en el espectáculo?
C: nada, yo no quiero salir.
Dir: ¿de dónde eres?
C: de México
Dir: Ah!, México, muchas canciones tradicionales
C: Sí
Dir: ¿te sabes alguna?
C: No
Total, que al parecer convencí al hombre de que en materia de hacer el ridículo soy una perfecta intuil, porque al final sólo me dijo, “Bueno, gracias” y me dio la espalda.
Yo me creía salvada y seguí mi vida en Beijing como siempre.
Luego vino un viaje de trabajo a la provincia de Anhui. Y mientras yo estaba allá siendo inmensamente feliz (en serio, sin sarcasmo), me llamó Viva y me dio “Dice Sofía (o sea mi jefa) que tienes que participar en la ceremonia, que vas a cantar”.
No podía hacer mucho para reclamar desde Anhui, así que sólo le dije a la chica que a mi regreso resolvería esa situación.
Llegué y me encontré con que ya habían seleccionado canción para mi. La Paloma (si a tu ventana llega una paloma, trátala con cariño que es mi persona…) Yo volví a mi antigua posición de “yo no canto nada” y entonces vino lo que me hizo confirmar que la cosa era al más puro estilo Luis de Llano de Televisa. El director me dijo: “no te preocupes, no tienes que cantar, grabamos a alguien más que cante, tu sólo sal al escenario y mueve la boca”. Plop.
A la pobre de Viva le tocó hacer la parte del canto (gracias a Dios que tiene buena voz y una buena dicción en español) y entonces comenzó mi suplicio, con los ensayos.
La aventura habría sido completamente catrastrófica de no haber contado con la presencia de mis amigos cubanos, Pedro Lagos y Karelys Cusidó, quienes tmb fueron elegidos para participar en el espectáculo (que incluía ¡¡¡15 números!!!). A Karelys le tocó recitar unas cosas en chino y a Pedro simular que tocaba el tambor y que era una especie de africano (o lo que los chinos creen que es un africano… tienen ideas muy raras del resto del mundo…).
Habíamos varios extranjeros participando en los diferentes números, estaba Ludovic, de Francia; Simon, de Suiza; Nillah, de Kenia; Anjia, de India; Ying, de Tailandia, entre muchos otros.
Pero, por supuesto, lo que más había eran chinos.
Los ensayos eran maratónicos, duraban entre cinco y ocho horas (y mi parte era como de 2 y medio minutos), pero igualmente todos teníamos que estar ahí, y escuchar los discrusos en chino, de los que no entendíamos nada, porque al parecer no hay actividad que hagan los chinos que no esté acompañada de un discurso.
En fin, que durante los días previos al show me vino a la memoria la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 2008. Los chinos son perfeccionistas al extremo. Son super obedientes, sacrificados, trabajan sin chistar. Si hay que sonreír durante media hora, sonríen.
No sabría decir si estaban felices de participar, pero tampoco parecían fastidiados. Simplemente lo hacían. Lo hacían bien, porque esa era la orden. Y punto.
A fuerza de tanto convivir con los chinos que salían en mi número, nos caímos bien. Empecé a divertirme. Y llegó el día del evento.
Desde las 10:30 de la mañana salieron los buses que nos llevaron a todos los que teníamos una parte en el espectáculo, al Teatro Nacional, que es muy hermoso y con instalaciones de primera.
No sabría decir exactamente porqué nos llevaron tan temprano al teatro, si el show comenzaría hasta las siete y media de la noche. Pero así son los chinos.
Nos dieron algo de almorzar, nos medio acomodaron en un espacio que era como un auditorio detrás del escenario, y ¡a esperar se ha dicho!
Nos maquillaron, nos peinaron. Hubo el último ensayo para varios números.
Debo confesar que casi me desmoralizan algunas chinas, que son tremendamente bonitas… aunque no sé si era el maquillaje y el peinado. En fin… la hora de salir al escenario estaba cada vez más cerca.
El auditorio se llenó. Entre la audiencia pude ver las caras de muchos colegas conocidos. Yo estaba algo nerviosa, pero lo que más quería era terminar con todo aquello.
En realidad, al final, lo disfruté. Disfruté ver a mis colegas chinos todos contentos, dando su mayor esfuerzo en el escenario. Nerviosos, emocionados.
Nos divertimos, y eso es lo importante.
Aquí les comparto algunas fotos de la maratónica última jornada. Aunque todo culminó con alegría, debo confesar que no lo volvería a hacer…

¿Les cuento mi viaje a Xi’an? (segunda parte)

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Al otro día fuimos al Museo Provincial de Shaanxi, y ahí sí que diferencia. En las vitrinas se exhiben objetos que claramente no han sido limpiados ni restaurados al extremo de no creer la edad que tienen. (se me acaba de ocurrir que los guerreros de terracota son como una antigüedad con mucho botox y sometida a muchas cirugías plásticas para que se vean como cuando eran jóvenes. Y no estoy segura de que eso es lo que yo quiero ver). Lo que más me impresionó fue lo temprano que los chinos, como civilización dominaron el bronce y el hierro Ya para la dinastía Qin, que data del siglo 3 antes de Cristo, ellos ya construían ENGRANES y VISAGRAS de hierro. Eso es algo que cuando lo digo me sigue impactando.
Gracias a Dios soy mexicana, porque siempre que veo culturas antiguas pienso en la mía, en mi cultura antigua, en los mexicas. Y pienso que la historia nos jugó lo que viene siendo… pues una mala jugada, porque la nuestra era una civilización grande también, que desafortunadamente no pudo llevar más lejos su nivel de desarrollo.
La visita al Museo Provincial de Shaanxi me dejó llena de reflexiones, sobre nosotros, sobre África, sobre Europa, sobre los chinos. Básicamente, lo que creo es que es injusto que nos quieran jalar y poner a todos al mismo nivel de desarrollo, porque geograficamente e históricamente no hemos crecido así.
Creo que la historia no es justa, pero es como es, y ahora que ya podemos ver todo el mundo en su conjunto, en vez de seguir avanzando como caballos de carreras, creo que podemos ver a los lados y … tratar de avanzar juntos, sin forzar a nadie.

Luego del Museo fuimos a conocer la pequeña pagoda de la oca salvaje. La guía, una mujer regordeta morena, de lentes y de 32 años, se deshacía en explicaciones (todas en inglés) pero yo me desconecté de todas ellas en cuanto llegamos al lugar: un hermoso jardín salpicado de construcciones típicas chinas, árboles frondosos, esculturas de caballos gordos y estelas grabadas con caracteres chinos. Además había muy poca gente, así que me interné en el jardincillo sin antender explicaciones, sólo disfrutando el paisaje y la vista.
El siguiente punto en el itinerario era el almuerzo, en un restaurante muy mono, donde servían todo tipo de yaotzi, o los ravioles chinos: pastas hechas de diferentes formas y rellenos que incluían carnes de res, cordero y puerco, pescado, vegetales y frutos del mar. Delicioso como suena, yo me lo perdí. No estaba en ese momento en el mood para comer, y me quedé a dormir en el bus, esperando a los demás.

Luego fuimos a la gran mezquita de Xi’an. En Xi’an hay muchos chinos musulmanes, y la gran mezquita se encuentra en el corazón del barrio musulmán. El barrio musulmán es hermoso, es histórico y lleno de gente, puestos, ruido, gritería, bicicletas tocando sus campanillas, abriéndose paso; mujeres chinas con el velo musulmán que les cubre la cabeza; hombres chinos con el gorrito breve bordado que llevan los musulmanes.
La mezquita está precedida por una larga calle de puestos donde se vende de todo: llaveros, manteles, mochilas, gorras, pañoletas de seda (sí, cómo no) esculturas, abanicos, parasoles, sombreros.Y entre todos esos puestos, destacan los de comida. Las comidas que se preparan y se venden en el barrio musulmán de Xi’an no tiene comparación. Se preparan en plena calle, a los gritos y a la vista de todos. Son aromáticas, coloridas. La gente las come con las manos, se amontonan para pedirlas.
Probé una especie de pérsimos cubiertos con una masa especial y fritos en mucho aceite, una torta de carne de res hecha en pan árabe y unos dátiles.
La mezquita es absolutamente bella, antigua, decorada con motivos musulmanes como la media luna, e inscripciones en árabe y chino, que la hacen única, porque combina las dos culturas: la del Islam y la china.
Cobran la entrada, no sé cuánto cuesta, y está permitido tomar fotos en casi todos lados. Los turistas no pueden pasar a los salones donde se desarrollan los rezos. Las formas caprichosas de algunos árboles, con sus ramas retorcidas, en el jardín, se antojan fantásticas, como si en cualquier momento fueran a cobrar vida.
Al final de todos los jardínes y pabellones hay un salón grande de oraciones, es el salón principal, a donde está terminantemente prohibido pasar para los que no sean musulmanes (y tal vez también está prohibida la entrada a mujeres, aunque sean musulmanas, eso no pregunté, pero no vi ni una mujer ahí). Las paredes están decoradas con la inscripción del Corán, los hombres se acercan, tocan el muro con la mano, recargan sus cabezas en la pared, rezan un poco con los ojos cerrados y siguen su camino.

Lo que siguió a la visita a la gran mezquita fue apresurado y caótico. La visita al barrio musulmán estaba estrictamente controlada por la guía. Aunque todos los viajeros conicidimos en que deseábamos quedarnos más tiempo en ese lugar para explorar con calma, ella dijo que era imposible y que nos montáramos rápido en el bus para ir al lugar siguiente. Le tomó como media hora juntar a todos los turistas. Eramos arreados como si fueramos un rebaño desperdigado.
Ya cuando estábamos listos para partir se me ocurrió decir “Quiero ir al baño”, la verdad es que pobre guía, hace falta tener mucha paciencia para ser guía de turistas. Aunque también creo que este tipo de paseos deben ser un poco más flexibles. En fin, que como yo no hablo ni una palabra de chino, la guía me acompañó a un hospital cercano donde fui al baño. Los baños estaban increíblemente sucios. Uno de plano estaba tapado y se desparramaba el agua sucia. Aún así, una china muy osada se metió a ese y encima de lo ya desrbordado, echó sus orines, desparramando la scuiedad aún más. Asqueroso.
Yo me esperé hasta que se desocupó el baño de al lado, que si bien no estaba tapado, distaba mucho de ser limpio.
Por fin salimos todos en el bus rumbo al siguiente punto en la ruta: los guerreros de terracota, pero otros, no los de la dinastía Qin, sino unos posteriores, de la dinastía Han.
El museo y sitio arqueológico se encuentra a las afueras de la ciudad, y es bonito, pero yo estaba tan cansada que lo recorrí en 10 minutos, y me regresé al bus. Tenía hambre, ya estaba lloviendo,yo tenía ganas de poner mi cuerpo en posición horizontal y no moverme en muchas horas. Horrible.
No diré nada de las figuras de terracota de la dinastía han, porque nada sé. Esa parte sí la viví de noche. Ni fotos tomé. Yo estaba harta.
Lo único bueno es que a ese punto seguía el aeropuerto y luego casa.
El regreso a casa no fue tan rápido como yo pensaba. Tuvimos que esperar CINCO horas en el aeropuerto de Xi’an, porque el vuelo estaba retrasado, y luego una hora adentro del avión.
Total que llegué a casa a la 1 de la madrugada y en condiciones bastante lamentables.
Me pone de malas que mi salud se interponga en mis planes de viaje. Y me pone de peores que mi estado de ánimo incida directamente en mi salud.
El viaje, por supuesto, me dejó hermosas experiencias y me bridó la oportunidad de conocer gente entrañable, como la franco-estadounidense Lola, con quien, después del viaje, pude reunirme de nuevo en Beijing y salir a cenar.
Lejos estoy de ser una viajera consumada, pero si de algo les sirve, les dejo un consejo: no se malviajen durante un viaje, porque el malviaje interno se exterioriza de fea manera.

¿Les cuento mi viaje a Xi’an? (primera parte)

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Tuve la genial ocurrencia de hacer un viaje de fin de semana para conocer a los famosísimos Guerreros de Terracota.
Por lo general me gusta viajar sóla y organizar mi propio viaje. Esta vez no lo hice así, porque como no hablo chino y el tiempo era limitado, no tenía ganas de lidiar con problemas de lenguaje, sólo quería disfrutar y punto.
Así que contraté un paquete de viaje que ya tenía todo incluido. Me salió un poco caro, pero igualmente lo compré.
Total que el viernes por la tarde debía de reunirme con el guía y los demás viajeros que integraban el grupo en la estación de trenes del oeste de Beijing, porque la travesía de ida sería en tren y de regreso en avión.
Eso me gustó, porque siempre me ha gustado viajar en tren, y los trenes con cama me parecen nostálgicos, me recuerdan películas, libros, canciones y sueños.
Fui la primera en llegar.
Las estaciones de tren en Beijing son difíciles de describir. Están en todo momento atiborradas de gente. El tren es la forma de transporte más utilizada por los chinos para viajar entre ciudades. Es relativamente barato, y la red de vías cubre prácticamente todo el vasto territorio chino.
Ya había ido yo una vez a la estación de trenes de Beijing, en un intento fallido de comprar por mi cuenta un boleto de tren hacia Xi’an y hacer el viaje por mis propios medios.
La sala de espera estaba completamente llena. De hecho la gente está por todas partes, no sólo en las salas de espera, también a las afueras de la estación, y en los puestos y tienditas, entre lo que más se venden están los banquitos ínfimos y plegables que la gente despliega para sentarse a esperar.
Otros van más lejos y llevan una especie de petates, pero hechos de bambú, que extienden en el suelo, luego sacan sus cobijas, se acuestan, se tapan y así esperan el tren.
Todos comen, tallarines instantáneos tipo maruchan y platos preparados que incluyen arroz con huevo cocido y carne de puerco todo mezclado. Muchos de los asientos de la estación estan ocupados por los bultos y maletas de los viajeros, pero nadie dice nada (si yo supiera hablar chino, sí les pediría que me dejaran sentar y que pusieran sus bultos en el suelo).
Vi un asiento ocupado a la mitad por una bolsa, así que recorrí la bolsa y me senté entre dos grupos de chinos.
Luego llegó un chino, yo creo que a reclamarme, pero no me paré. Me dijo cosas en chino, yo le dije cosas en español. Cogió la bolsa y se fue. Bien por mi.
Como 45 minutos después (llegué con mucha anticipación) llegó el guía y los demás viajeros que habían comprado el mismo paquete que yo. Había entre ellos estadounidenses, una suiza, una franco-estadounidense y creo que ya (al otro día se nos unieron más).
Abordamos el tren casi a las 8:00 de la noche. El viaje estaba destinado a durar toda la noche y la hora de arribo a Xi’an estaba programada para las 9:00 de la mañana del sábado.
Me tocó compartir compartimento con la suiza, y con dos chinos, padre e hija. Buenos compañeros de viaje, tranquilos, no ruidosos y respetuosos.
Entonces ocurrió algo que, debo reconocer, me arruinó el resto del viaje: me di cuenta de que había olvidado una bolsita donde llevo siempre mi cepillo de dientes, mi pasta, mis medicinas por si acaso y algunos remedios tradicionales chinos contra la indigestión que han resultado geniales.
Me dio coraje conmigo haber olvidado algo tan importante y que había preparado con anticipación. Estuve tanto tiempo esperando en la estación de trenes que bien hubiera podido regresar a casa y luego volver a la estacion… en fin, no quise pensar más en ello para no hacer más corajes.
La suiza, toda linda, me ofreció un chicle para limpiar mi aliento lo más que se pudiera, en lo que llegábamos a la ciudad para comprar pasta de dientes y cepillo.
Aunque paré de reclamarme a mi misma, no saqué de mi sistema esa molestia por haber olvidado mis cosas de higiene personal, lo que más tarde me redituaría en un mal viaje, en sentido literal y figurado.
Llegamos a Xi’an y la mañana era nublada. Ya he dicho en ocasiones anteriores que los días nublados están lejos de ser mis favoritos, sin embargo era mi única oportunidad de estar en Xi’an, así que traté de pasar por alto el incidente, porque además, los humanos nada podemos contra la naturaleza.
Fuimos a registrarnos al hotel, un hotel muy mono, limpio, elegante, me recordó a aquellos donde me hospedaba cuando trabajaba como reportera de viajes, de lo lindo que estaba. Había valido la pena el costo del viaje.
Ahí mismo tuvimos un desayuno delicioso y luego nos fuimos a conocer la muralla de la ciudad. Además de la Gran Muralla, hay algunas ciudades de China que tienen sus propias y pequeñas murallas “personales”. La de Xi’an permanece intacta en muchos de sus tramos y es realmente hermosa, porque se alza varios metros del suelo, calculo como unos 20, y es gruesa, pues sobre ella se construyeron a todo lo largo varias edificaciones que servían como puestos de vigilancia.
Es posible recorrerla toda en bicicleta, las bicis se rentan ahí mismo.
Xi’an tiene una historia muy interesante, pues fue capital del imperio chino en muchas ocasiones.
Cuando llegamos a la muralla estaba lloviendo, y la guía nos dio 30 minutos para pasear por ella. Esa fue la parte que más lamenté de todo el viaje: los reducidos tiempos para pasear por algunos de los lugares más hermosos de Xi’an, pero todo estaba programado según un itinerario cero flexible, así que todos obedientes, paseamos un poco por la muralla, tomamos fotos y luego regresamos al bus.
Fuimos a comer a un restaurante que estaba cerca del lugar donde están los Guerreros de Terracota, y luego fuimos a conocerlos a ellos, a los guerreros.
Los grandes restaurantes chinos merecen mención aparte, porque son realmente grandes. Pueden ocupar todo un edificio de varios pisos, sólo un restaurante, es decir, el mismo restaurante. Lo que pasa es que los chinos están acostumbrados a reservar habitaciones privadas, con sus mesas y sillas, para cuando van a comer en grupo, entonces, además del salón principla, los restaurantes grandes tienen muchísimas de estas habitaciones privadas.
El restaurante donde comimos antes de ver a los guerreros de terracota era de estos. En el salón principal se festejaba una boda. El cantante del grupo que amenizaba tenía una voz tan potente que amenazaba con colarse con sus cantos en chino hasta nuestro comedor privado, pero gracias a Dios no fue así.
En estos restaurantes, en todos ellos, las mesas son redondas, y contienen un círculo interno, de diámetro inferior al de la mesa, que es giratorio. Ahí se ponen los platos, entonces los comensales debemos girar el disco para que los platillos desfilen frente a nosotros, y así nos servimos de lo que querramos.
Fue una comida deliciosa.
Sobra decir que los guerreros de terracota era el plato fuerte del viaje. Miles de personas van a verlos, chinos en su mayoría, pero también hay muchos extranjeros.
Está lejos de la ciudad de Xi’an el sitio arqueológico de los guerreros, es como una hora de camino, más o menos, en el distrito de Lintong, a 30 km de la ciudad, pero como era un viaje organizado a medida, yo no tuve que batallar con eso, porque nos llevaban en bus para todos lados.
Al llegar, la guía nos compró los boletos de entrada, que ya no tuvimos que pagar en ese momento, porque el costo total del viaje los incluía, pero lo que no incluía era el viaje en un carrito de golf, desde la entrada, atravesando todo un hermoso jardín, hasta donde están los yacimientos arqueológicos.
Los chinos no dejan opción al visitante en ese sentido: si uno quiere hacer el recorrido caminando, es imposible, la única manera es coger el mentado carrito de golf y pagar como 10 o 15 yuanes, no me acuerdo. Me pareció una intransigencia, no porque el precio del boleto sea caro, sino porque no dejan opción de elegir si uno quiere caminar o tomar el transporte.
Y sí lo hacen por negocio, porque esos 10 o 15 yuanes, ya multiplicados por los miles de visitantes que recibe al día el lugar, se convierten en miles de yuanes.
Qué mal plan.
Los Guerreros de Terracota son un gran conjunto funerario que se construyó para acompañar al emperador Qin Shi Huan, de la dinastía Qin, después de su muerte y que lo siguieran cuidando y defendiendo a dondequiera que él fuera.
Si así lo hicieron, nadie lo puede comprobar. Lo que sí es que el pueblo del emperador se esmeró realmente en construirle un verdadero ejercito. Los guerreros de terracota son muy impresionantes, sobre todo si tomamos en cuenta que datan del siglo 3 antes de Cristo, por ahí de los años 209 – 210.
El sitio arqueológico está dividido en tres emplazamientos techados a donde se puede entrar para ver las excavaciones y ahí están ellos, paraditos, muy serios, color terracota, algunos con caballo, otros hincados, por los siglos de los siglos.
No dudo de la investigación arqueológica, de hecho es algo que le valió a China el premio Príncipe de Asturias, pero al ver tantas copias, tantas réplicas de estos famosos guerreros, los chinos hacen que uno se vuelva suspicaz.
No quiero decir que los que están en las excavaciones no sean los guerreros de terracota originales, pero tampoco creo que los hayan encontrado así, de pie, derechitos, perfectos y en orden. No sé cómo explicar a lo que me refiero. Creo que hace falta vivir en China un tiempo, saber como son estos chinos de… tranzas, para experimentar la sensación que yo tuve, que es como de desconfianza. Suena feo, pero de ellos hay que desconfiar.

Muchos viajes en uno

Abel, Karelys, Pedro, Ingrid, yo y Juan Carlos.

A la par que he vivido en Beijing durante casi nueve meses, he también aprendido de otras culturas y de cierta manera “vivido” en otros países, gracias a mis amigos.
El primero del que quiero hablar, es Cuba. Por razones históricas y culturales, los mexicanos y los cubanos nos queremos mucho.
En México, Cuba goza de buena fama en muchos aspectos. No conozco mexicano que no sueñe con ir a Cuba, si es que no ha ido. Y los que han ido tienen gratos recuerdos, sobre todo de su gente.
Los cubanos son cálidos como su isla, amigables, sonrientes de entrada. Amorosos de trato, son francos, divertidos. Los cubanos son adorables.
Durante mi estancia en Beijing los cubanos se cruzaron en mi vida bien pronto, porque trabajamos en el mismo departamento de español de CRI.
Abel Rosales y Karelys Cusidó, los primeros que conocí, buenísimos locutores (la voz de la Cusidó incluso me recordó a la grande Margarita Castillo… todos la conocemos, la que decía “Esto es también la universidad, difusión cultural UNAM”). Y Abel tan bueno como los grandes locutores de antaño de México, escucharlo es como estar escuchando la XEW en sus buenos tiempos. Sin falla, sin prisa, sin poses.
Cuando llegué a Beijing viví unos días con Juan Carlos y Gaby, mis queridos compatriotas. Y luego consguí lugar para rentar, con un inglés y una alemana (experiencia que ya les relataré después).
Pero mi estancia con Rob y Stephie (tales son los nombres del inglés y de la alemana) no estaba destinada a durar por largo tiempo.
Y entonces me mudé a Cuba. O al departamento que acá en Babaoshan es como una sucursal de la isla, con todas sus expresiones integradas.
Para ese entonces ya también había llegado Pedro, el esposo de Karelys. Entonces viví con los tres.
Lo primero que debo decir es que subí cuatro kilos viviendo con ellos. Así de rico cocinan, y así de compartidos son con todo lo que tienen.
Ese departmento de tres habitaciones es Cuba: música cubana sonando todo el tiempo, potaje y congrí hirviendo en las ollas, aromatizándolo todo, altares con veladoras, donde todos, Cristo, Buda y los Orishas, todos obtienen su porción de devoción y reconocimiento.
Los cubanos hablan fuerte y ríen fuerte. Pedrito habla muy rápido, porque piensa muy rápido, dice. Abel me enseñó lo que en Cuba deben ser las peores malas palabras de la vida (pinga, cojones y singar, que ni siquiera Karelys se atreve a decir de lo fuertes que para ellos son).
Karelys me compartió siempre de los deliciosos potajes que cocina (me imagino que así son todas las cubanas, con arroz y frijoles hacen comidas tan deiliciosas, que debe ser una de las razones por las que esa gente sonríe casi todo el tiempo).
Ellos le dicen “banqueta” a los bancos que en México llamaríamos “taburete” y les parece absolutamente ilógico que a la acera le llamemos “banqueta”.
Karelys trató de aprender mexicano, pero no lo sabe usar. Siempre dice “luego, luego”, para cosas que no son luego luego, pero ella lo usa y le da mucha risa.
Abel y Pedrito me presentaron a una pila (así dicen ellos “una pila” para decir muchos) de escritores y cantantes cubanos.
Juntos vimos una telenovela china y nos moríamos de risa con lo mal traducidos que estaban los subtítulos.
Si eso es Cuba, yo amo Cuba. Una isla que merece vivir por encima de todo. Vivir así, como ellos quieren, con alegría, sin imposiciones, con mucho amor.
Y el otro viaje de inmersión que he hecho durante mi vida en Beiing ha sido a Brasil. Desde antes de llegar, ya Juan Carlos y Gaby me habían dicho que tenían una hermosa amistad con los brasileños. Entiendo por qué, la lengua nos une. Aunque nosotros hablamos español y ellos portugués, nos entendemos a las mil maravillas.
Hay cinco brasileños viviendo en Babaoshan. Cuando yo llegué eran: Camila, Suzana, Richard, Débora y Marcio. Los cuatro primeros trabajan en el departamento de portugués de CRI, Marcio es el esposo de Débora.
A Suzana le quedaban pocos días en Beijing cuando yo llegué, tuve poco tiempo para convivir con ella, una chica linda, joven, hermosa, alegre, divertida. Ahora de regreso en su hermoso Brasil.
Para tomar el puesto de Suzana en el trabajo llegó Neto, otro brasileño muy lindo, con lo que siguen siendo cinco los verdeamarelos que viven en Babaoshan.
Y lo primero que tengo que decir de los brasileños es que son hermosos. Físicamente, al menos los cinco que tenemos en Babaoshan son realmente guapos. Todos hacen ejercicio, se procuran para estar saludables (Marcio y Richard, particularmente, tienen unos brazos que yo agradezco contemplar…) Camila es toda una princesa, hermosa, alta, delgada, fina, alegre. Débora es la mujer más en forma que conozco, alegre, una sonrisa caminante. Neto es super divertido, alegre y muuuy guapo.
De ellos, el corazón de las fiestas es Richard. No me tomó largo tiempo para darme cuenta de que ya eran célebres entre los extranjeros de CRI las fiestas de Richard, donde la cachasa y otros lícores de talla mundial fluyen abundantemente.
Cuando Neto llegó, entonces ya eran dos los corazones brasileños de la fiesta.
Marcio es el nerd más guapo que conozco. Esa fama que tienen los nerds de que son feos, con gafas y con cuerpos poco agraciados, para nada. Marcio es nerd porque le gustan los videojuegos y no es precisamente amante de las fiestas, pero va al gimnasio (o a la academía, como le dicen los brasileños) todos los días. Y se le nota…
Débora es la mejor cocinera de Babaoshan, la amamos por eso. Y por otras cosas. Pero siempre cocina cosas tan ricas. Ella me enseñó a hacer arroz.
Con todos ellos he aprendido montones de palabras en portugués: magrinho, engrasado, gostoso, academía, “no acredito!!!”, fofoca!!!!, genti!!!!, otimo!!! jajajajaja. Y para las malas palabras ellos siempre dicen: “puta qui pario” y “porra” que es una manera muy vulgar de decirle al semen.
Total, que esta experiencia china me ha acercado también a otros países, a otras culturas. Ahora para mi, Cuba y Brasil no son dos países más en el mapa, para mi tienen nombre y apellido y rostro, muchos rostros. Y gracias a Dios, todos esos rostros, tienen una sonrisa para mi.